Cuando el movimiento se vuelve un lenguaje común.
Desde chica, siempre tuve la sensación de que el cuerpo alberga emociones que no se traducen en palabras. Paradojas del alma humana, donde los opuestos conviven. Tal vez por este motivo es que el psicoanálisis puede acompañar hasta cierto punto. Puede ordenar, puede aclarar, puede en efecto, nombrar muchas cosas, pero no genera una descarga o elabora formas de articulación más profundas y poéticas.
El lenguaje puede ser insuficiente para que dos personas de distintos continentes se entiendan, si no interfiere la tecnología. El movimiento en cambio abre otra posibilidad al entendimiento, ya sea en lo gesticular, una risa que contagia, una seña, o yendo hacia lo más abstracto, un baile. Al fin y al cabo, ¿Cómo es que dos personas de culturas completamente distintas puedan emocionarse viendo el tercer acto del lago de los cisnes, o incluso una danza improvisada que no representa ningúna escena? Algo se comunica, que profundamente se entiende, pero no es del orden de lo verbal. Y esta posibilidad de entendimiento es, ni más ni menos, la razón por la cual me acerqué a la danza.
Bailar fue el vehículo mediante el cual pude abordar a mi propia dimensión emocional, volviéndola traducible; primero para mí misma, y luego para los demás. Cuando empecé a bailar tenía quince años, y como muchos otros, era una adolecente bastante conflictuada. Como no podía explicar el porqué de mis emociones tan intensas ni tender puentes hacia los demás, prefería refugiarme en mi universo imaginativo, sin dejar de padecer de esa desconección. Y es que, siendo honestos, ¿cómo se explica el turbulento mundo de un adolecente, de una persona marginada o incomprendida? Desde su perspectiva, esa imposibilidad comunicativa sofoca , como estar perdido en una ciudad donde nadie habla tu idioma pero necesitás ayuda.
Y es que desde la narrativa del destino personal y colectivo, fallamos en integrar nuestras propias contradicciones. Los oximorones no gustan como modelos o explicaciones, y en tanto sensación física son más bien incómodos.
Sin embargo el arte es territorio en el cual uno puede ser profundamente nostálgico y desapegado, puede estar furioso y anhelante, puede desear direcciones completamente contrarias con la misma intensidad. Tanto desde el plano anatómico de un danzarín, en el cual las fuerzas opuestas forman parte de su composición, como en el actor quien comprende el dilema existencial del personaje que encarna, como en el uso de colores contrastantes en una pintura, que puede ser tan suave y eléctrica. El arte da lugar a las contradicciones, y sirve de vehículo expresivo a aquellos quienes ya no les alcanzan las palabras, o quieren expresarse en idiomas que no conocen.
Bajo esa premisa me dediqué a compartir al movimiento como un vehículo hacia ese entendimiento profundo y no verbal.
En el 2020, tras finalizar el curso de un año coreografía y pedagogía de la danza facilitado por Tanztangente en convenio con la UDK en Berlín, di testimonio de ello fundando un proyecto de danza para mujeres migrantes. “Exploración de la diversidad cultural mediante la danza y movimiento” el proyecto convocó mujeres de distintas edades, contextos socio culturales y nacionalidades en dos encuentro semanales de dos horas, que gracias al sponsor de Ohio State University, pude ofrecer gratuitamente.
Se acercaron mujeres de Turquía, Mexico, Libano, Israel, Argentina, Iran, Bosnia, Colombia, Italia, algunas con curiosidad, otras con cautela, todas ellas, al igual que yo, había hecho de Berlin su base ya sea por decisión o fuerza mayor, y conviven con las sensaciones muchas veces contradictorias, que puede traer migrar.
Encuentros Presenciales
En estos encuentros trabajamos temas de pertenencia, seguridad, hogar, discriminacion, resiliencia, celebración, y todo mediante un único lenguaje común, conectándonos a todas: la danza. Montando coreografías de nuestras experiencias, poesías a los límites y las fronteras, rituales por las celebraciones que no compartimos con nuestras familias.
La resonancia amortiguaba los posibles malentendidos, las emociones desbloqueadas, los relatos que el arte mediatizada que comprendieramos todas. Nuevamente comprobé; la danza comunica, crea puentes, y más de una vez salva vidas.
El proyecto duró dos años en total y tuvo tres performances grupales; tanto presenciales como virtuales. Durante la pandemia continuó mediante encuentros de zoom.
Como conclusión, encuentro como las prácticas basadas en el movimiento ofrecen enfoques accesibles e inclusivos para la conexión humana. Estos espacios permiten habitar la diferencia sin necesidad de resolverla, reconociendo al cuerpo como un lugar común donde pueden convivir múltiples identidades y narrativas. Cuando el lenguaje verbal se separa, el cuerpo puede unir. El movimiento no borra las diferencias, pero crea un territorio compartido donde la presencia, la escucha y la imaginación se vuelven posibles. En ese sentido, la danza y el movimiento deja de ser solo una forma artística para convertirse en un espacio de encuentro.